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Horácio Macuácua: “Intento alertar a los ciudadanos de que debemos despertar y tomar más conciencia”

Horácio Macuácua (Mozambique, 1979) no entiende de moldes estrictos. Los corsés y las reproducciones automáticas entumecen la creatividad y la voluntad de reinventarse, no sólo del artista, sino también del ser humano. Una copa de vino, una careta o una reacción instintiva le sirven para construir movimientos y perspectivas imposibles de determinar. Tras recorrer medio mundo nutriéndose de gestos, expresiones y técnicas, Macuácua se ha consolidado como una de las mayores referencias de la danza contemporánea de denominación de origen africana. Tal vez sea injusto colocarle etiquetas de un país o de un continente a alguien que puede dirigir hoy una residencia en Corea y mañana en Salvador de Bahía. Por esta razón preferimos profundizar en la figura de un artista con influencias tan diversas que es capaz de trastornar a cualquier lector de código de barras.

Estos días presenta su última creación Smile if you can en un una gira por Europa que les llevará al festival Gdansk Dance de Polonia y a los escenarios de la Fundación Gulbenkian de Portugal. También volverá a mostrar al público europeo la obra Orobroy, Stop! que le hizo merecedor del primer premio de la bienal Danse l’Afrique Danse en el año 2010. Como la crisis económica no parece ser compatible con la cultura, el número de representaciones se ha visto afectado por la falta de medios, sobre todo en España, donde realizará una serie de residencias y presentaciones con artistas de Granada. No obstante, Macuácua mantiene firme la compostura y mira los nuevos tiempos con optimismo. Y como nos dice en su última obra, a pesar de todas las dificultades, “al final el pueblo mozambiqueño siempre sonríe”.

¿Han recibido algún tipo de ayuda institucional para esta gira?

Sí, hemos conseguido apoyo del FUNDAC (Fondo Nacional para el Desarrollo Artístico y Cultura), institución mozambiqueña que financió el transporte de los bailarines a Europa. La Embajada de España en Mozambique también nos ayudó con el pago de los visados, además de haber apoyado previamente el proceso de producción.

¿Normalmente a qué dificultades se enfrenta un coreógrafo en Mozambique?

A muchas. En primer lugar, sólo para poner en marcha una nueva creación tenemos un enorme problema con los espacios, no disponemos de salas propias para ensayar. La mayoría de los espacios libres acaban transformados en establecimientos comerciales, restaurantes, iglesias o aparcamientos, que resultan más rentables. Como la motivación de los artistas está por encima de todo esto, siempre nos apañamos para que nos cedan alguna iglesia u otros lugares no muy convencionales para la danza. Por otra parte, para la producción en sí, el gobierno de Mozambique ofrece pocos apoyos en general. Ahora nos sorprendió bastante que el FUNDAC decidiera ayudarnos a promocionar nuestra compañía en Europa. La mayoría de las veces no nos queda otra opción que recurrir a empresas privadas, que suele ser la vía más habitual de conseguir fondos.

¿Y para promocionar las obras dentro y fuera del país?

La única opción que tenemos es tratar de vender las obras de todas las formas posibles. Cuando vamos a festivales internacionales tratamos de dejar nuestros dossiers, buscamos por Internet eventos donde podamos participar… Es una especie de lucha personal porque en Mozambique es difícil encontrar a un productor que se comprometa a colaborar contigo de forma profesional. Dentro del país no existe ninguna estructura pública o privada que tenga esa fuerza. El Festival Kinani tuvo la intención de dar más visibilidad a los artistas locales invitando a programadores internacionales. Pero al final no se hizo sentir mucho esa voluntad. El festival fue perdiendo mucha fuerza porque la consideración por los creadores locales no era la esperada, muchos artistas empezaron incluso a negarse a participar en el mismo. También existía cierta falta de rigor con la programación. Sinceramente era una pena traer a programadores europeos para ver cosas que no alcanzaban unos mínimos de calidad. Hubiera sido más interesante centrarse en las mejores obras de Mozambique. Es una pena, ahora creo que hay casi más espectáculos de fuera que locales.

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¿Entonces la danza contemporánea en Mozambique no es tan fuerte?

La danza contemporánea mozambiqueña tiene un potencial tremendo. Me refiero al festival y a los promotores culturales. Ahora mismo tan sólo una minoría de artistas se dedica a ello, pero el nivel es muy bueno.

¿Existe algún tipo de escuela donde poder formarse?

Escuela formal de danza contemporánea no existe. Hubo una época en que la formación era entre nosotros mismos. Lo que cada uno iba aprendiendo por su lado lo compartía con el resto de los compañeros. Era una especie de comunidad o de familia. Aunque en realidad toda mi generación tomó las danzas tradicionales como base de formación. Una vez que las conocimos y las practicamos, pasamos a otra fase más profesional que iba más allá. En Mozambique todo el mundo baila desde muy pequeño. Vas a la calle y ves a toda la gente inventando pasos, incluso sin música de fondo. Tienen el ritmo dentro del cuerpo. Esa es la formación que cayó en esa tierra y que tenemos desde que nacemos.

¿Cómo fue esa formación informal en danza dentro de la generación de bailarines a la que perteneces?

Fui unos de los primeros que empezó en esto que llaman danza contemporánea. Junto al bailarín Domingos Bié, participé en un taller con el coreógrafo holandés Frans Poelstra. En aquella época no existía ninguna compañía de danza contemporánea en Mozambique y él llegó con un lenguaje completamente diferente a lo que estábamos acostumbrados. En la época yo había parado de bailar porque las danzas tradicionales me resultaban muy repetitivas. En esos momentos estaba dentro de un grupo de góspel, tenía otras inquietudes. Cuando llegó Poelstra me llamaron al encuentro y me gustó mucho. Como resultado de esa experiencia hicimos un dueto que a Poelstra le entusiasmó bastante. Inmediatamente, con Panaibra Gabriel empezamos a ensayar, llamamos a más gente y creamos la compañía CulturArte. Así nos fuimos formando y empezamos a participar en residencias en Europa. Después de un tiempo de experimentación, creamos nuestra primera obra, O tambor. Pasé 10 años dentro de esta compañía buscando nuevas expresiones, inventando de todo. Formamos una magnífica generación, hicimos muchísimas giras por todo el mundo, ganamos el 2º premio de la bienal Danse l’Afrique Danse, otro reconocimiento en Suiza a compañía revelación…

Normalmente se sitúa al fallecido coreógrafo Augusto Cuvilas como el pionero de la danza contemporánea en Mozambique, ¿en qué medida influyó en vuestra generación?

Poco o nada, puesto que nunca tuvimos contacto como artistas. Se dice que fue el pionero pero eso no es así. Quizá él había empezado en otro lugar que no era Mozambique, eso es algo que ignoro. Pero que yo sepa no había creado obras de danza en un escenario. Un tiempo después vi algunas obras de Augusto Cuvilas pero no me identifico con lo que hacía.

¿Cómo conseguiste dar el salto y trabajar mano a mano con David Zambrano, uno de los coreógrafos más respetados del mundo?

Conocí a David en 2002. Participé en una producción con el suizo Thomas Hauert, que estuvo previamente en Mozambique y me eligió para una obra. Durante la gira, recuerdo que David estaba también en Lisboa y se acercó a ver el espectáculo porque era muy amigo de Thomas. Después pasamos por Bruselas, él estaba impartiendo clases en la escuela PARTS, una de las más prestigiosas de Europa, y participé en el taller. Un tiempo más tarde vino a Mozambique y me invitó a un curso en Austria. Al poco me llamó para formar parte del elenco de su primera obra, Twelve Flies Went Out at Noon. Desde entonces todos los años hacemos algo juntos. He participado en cuatro de sus obras y sigo estudiando dos de sus técnicas: flying-low y passing-through. Siempre aprendo muchísimo con él, no sólo de danza sino también de la vida. Es como un padre que tengo en Europa (risas).

Horácio Macuácua y Milan Herich. Fotografía de Anja Hitzenberger para The New Yorker

Horácio Macuácua. ©Anja Hitzenberger para The New Yorker

Además de David Zambrano, Thomas Hauert y Frans Poelstra, ¿qué otros coreógrafos han marcado tu recorrido artístico?

Sobre todo Cristina Moura de Brasil y Panaibra Gabriel de Mozambique, con quien pasé 10 años trabajando intensamente, toda una vida. Los tengo muy presentes en lo que sigo haciendo hoy en día.

¿Encuentras mucha diferencia entre la metodología que se imparte en Europa y en África?

Por supuesto, cada país es un mundo. En Europa, todo cambia de un lugar a otro. Ahora mismo estoy trabajando en Granada, al sur de España, y los métodos no tienen nada que ver con lo que encuentras en Bruselas, por ejemplo.

¿Dentro de África es posible establecer ciertas similitudes según la zona geográfica?

Más que de la zona geográfica, el estilo depende de la escuela o de la formación que hayas seguido. En África occidental hay mucha influencia de una técnica de la coreógrafa Germaine Acogny que se expandió por toda esa región y se refleja en la manera de bailar de los artistas. Por otro lado, en Sudáfrica existen numerosas escuelas en las que la danza clásica (europea) tiene un peso importante. En Mozambique la base es primordialmente tradicional. Tenemos formas de movernos parecidas por la proximidad de ambos países pero realmente hay un sello diferente. En mi país me ocupé bastante de transmitir la técnica flying-low de David Zambrano y evidentemente eso se percibe sobre el escenario.

Una vez declaraste que te niegas a bailar con “taparrabos y troncos”, ¿puedes explicar a qué te referías?

No es algo que rechace, depende del contexto naturalmente. Me preguntan a menudo si meto algo de danzas tradicionales en mis creaciones. Y siempre respondo que ese lenguaje está dentro de mí, esa fuerza es la que uso de cierta forma. No tengo por qué usar un taparrabos o pieles de animales. O sí, depende de la creación. Todos los recursos los guardo en una maleta y cuando me parece adecuado los voy sacando. Recuerdo que una vez en Eslovenia me pusieron varios tambores en el estudio por ser africano y sin ser yo percusionista. No sólo hay que ver África a través de pieles. Es increíble pero hay quien piensa que todavía vivimos así. Y efectivamente a mí me apetece mostrar otras cosas de África, no sólo la tradición y la tristeza. Es un lugar mucho más alegre y más creativo de lo que se publica en los periódicos.

¿No te da miedo que pueda perderse un patrimonio tan importante como la danza tradicional?

En Mozambique eso sería muy difícil que ocurriese. Todavía hay muchísima gente que practica de forma cotidiana esas danzas. En Maputo las posibilidades de extinguirse serían mayores por las nuevas tendencias, pero el país es muy grande. Podría evolucionar pero no se perderá, los ritmos están presentes incluso en las producciones actuales, los africanos estamos muy apegados a las raíces. En el campo todavía se baila de forma muy pura, a pesar de la llegada de la televisión y las nuevas tecnologías. Y también tendemos a pensar que esos bailes nunca han sufrido transformaciones a lo largo de la historia y sin embargo siempre han estado en constante evolución dependiendo de las circunstancias de la época.

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¿Y cómo reacciona el público africano ante propuestas tan innovadoras como las vuestras?

Al principio todo el mundo se preguntaba ¿qué es esto? Ahora la gente está bastante más acostumbrada a lo que hacemos. Eso dentro de Maputo, porque la danza contemporánea en Mozambique se limita sólo a la capital. Las ciudades de provincias no tienen casi infraestructuras para la cultura y no conocen lo que hacemos. Cierto es que cuando ganamos la bienal de Bamako, una televisión retransmitió Orobroy, Stop! en abierto para todo el país. Fue algo muy positivo porque hacer una gira nacional es casi imposible. Mi mayor deseo es poder mostrar mi trabajo en casa, es triste que siempre tenga que venir a Europa, donde parece haber más curiosidad. La única vez que tuve una experiencia parecida fue con una institución y había un tema específico de sensibilización de por medio. Hace poco viajé a Mozambique y alguien me comentó que la Embajada de Estados Unidos estaba buscando bailarines para montar algo sobre sida. Lo mismo de siempre. ¿Por qué no puedo compartir con mi pueblo otras obras de arte? ¿Por qué no se les habla a los ciudadanos de temas que les hagan pensar? Presuponen que hay que dirigirse a los campesinos con elementos muy evidentes, sin salirse del preservativo de látex. Deberían poner a la gente en una galería de arte a mirar un cuadro y que haga su propia interpretación. Claro que podría aceptar un trabajo sobre sida pero no iban a dejarme que usara mi propio lenguaje. Francamente, estamos aprisionados a un discurso oficial para poder ganarnos la vida como artistas.

¿Y no resulta frustrante?

Por supuesto. Sobre todo por no poder dirigirnos a nuestra gente, eso es lo que más duele. La entrada de los centros culturales de Mozambique ha subido mucho y el salario mínimo sigue siendo muy bajo (aproximadamente 2.500 meticales mensuales, unos 63 euros). Nadie que viva en la periferia va a desplazarse al centro de la ciudad para ver una actuación de danza que cuesta 250 meticales (alrededor de 6 euros). Cuando presenté mi espectáculo Orobroy, Stop! pusimos la entrada al precio mínimo que podíamos y entre el publico había muchos más mozambiqueños que extranjeros. Normalmente suele ser lo contrario. La ovación fue mucho mayor de lo normal por una simple razón, los artistas en muchas ocasiones nos referimos a problemas cotidianos que afectan a los ciudadanos, como mi última obra Smile if you can. Y muchos de ellos sólo los entendemos nosotros, no por el idioma, sino porque todos hemos pasado por situaciones parecidas.

¿Qué intención tenías a la hora de montar Smile if you can?

Quería exponer mi visión sobre el valor del pueblo mozambiqueño, que a pesar de las dificultades del día a día, nunca se frustra. En Europa la gente se suicida porque de repente no tiene los mismos recursos económicos que antes. En mi país la gente no sabe si tiene dinero para tomar el transporte público al día siguiente, no sabe cuándo va a poder comer. Y a pesar de todo nunca deja de sonreír. Eso me parece admirable. Al mismo tiempo quería construir una crítica contra los gobernantes y las empresas extranjeras que absorben lo poco que tenemos. Intento alertar a los ciudadanos que debemos despertar y tomar más consciencia con lo que nos ocurre. De otra forma acabaremos vendiendo el país sin darnos cuenta.

¿Crees que el hallazgo de gas y de petróleo puede beneficiar de alguna manera a la cultura en Mozambique?

Me gustaría que así fuera pero depende de cómo se gestione. Me da miedo que tengamos petróleo. Cuando se confirmó el descubrimiento algunos saltaban de alegría pues pensaban que íbamos a mejorar. Pero no lo creo. Tal vez mejoren algunos. Lo único que temo es que pueda generar conflictos entre nosotros. Y dudo mucho que beneficie a la cultura, para el gobierno siempre se encuentra en el último peldaño.

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La detención del doctor Jorge Arroz la semana pasada, por incitar supuestamente a la huelga del sector sanitario, generó una protesta ciudadana con gran repercusión en las calles. Las redes sociales fueron de nuevo el gran soporte de la indignación con el gobierno. ¿Piensas que las nuevas tecnologías están generando una mayor consciencia social?

Claro que sí. En el año 2010 estalló la mayor manifestación que se ha vivido hasta entonces en el país por la subida del precio del agua y de la luz. La convocatoria a la huelga fue a través de teléfonos móviles y de Facebook. La presión fue tan grande que tuvieron que dar marcha atrás. Tras este acontecimiento el gobierno tomó la decisión de registrar los números de teléfono para controlar la situación. Internet es un medio muy fuerte para provocar este tipo de movimientos y presionar un poco más a los gobernantes y debemos usar todo lo que esté a nuestro alcance.

¿Tienes algún próximo proyecto en mente dentro de tu país?

En estos momentos estoy dirigiendo una obra con bailarines de Bélgica y puede que salga algo interesante con un  grupo de Granada. Además de estos proyectos, de aquí al año que viene no creo que invente nada más. Estoy bastante centrado en esto y en seguir promocionando Smile if you can, que tan sólo hemos pre-estrenado en Maputo.

Te habrán dicho más de una vez eso de “yo de danza contemporánea no entiendo nada”. ¿Qué consejo sueles dar al público primerizo?

(Risas) No hay ningún secreto especial, simplemente que nos emocione lo que vemos frente a nosotros. El arte es eso. Hay que educar el ojo, ver diferentes propuestas y autores para tener cierto criterio personal. Pero no hay ningún lenguaje oculto. Sólo hay que dejarse llevar.

Para más información: www.horaciomacuacua.com

Original link: http://www.afribuku.com/horacio-macuacua-danza-mozambique/

 

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